Ir al supermercado debería ser un acto sencillo: elegir, comparar y decidir. Sin embargo, cada vez es más difícil hacerlo con la información clara sobre la mesa. Lo que antes era una subida de precios visible, hoy se disfraza. Y ese disfraz tiene nombre: reduflación.
La reduflación no es una casualidad ni una anécdota. Es una estrategia deliberada. Consiste en reducir la cantidad de producto mientras se mantiene el precio, confiando en que el consumidor no lo perciba. No es un ajuste técnico ni una necesidad inevitable: es una decisión consciente de trasladar el aumento de costes sin asumir el desgaste que implicaría subir precios de forma directa.
Porque subir precios genera rechazo. Reducir contenido sin decirlo, no tanto.
El problema no es solo que paguemos más por menos. El problema es cómo se hace. Envases prácticamente idénticos, tamaños que engañan a la vista, diseños que apelan a la costumbre. Todo está calculado para que el consumidor actúe en piloto automático. Para que coja el producto de siempre sin detenerse a comprobar si, en realidad, ya no es el mismo.
Cuando la información se oculta en letras pequeñas, cuando se dificulta la comparación real entre productos y cuando se juega con la percepción del consumidor, estamos ante algo más que una simple estrategia comercial. Estamos ante una forma de aprovecharse de la confianza y desconocimiento de los consumidores.
La reduflación no puede seguir tratándose como una simple “estrategia comercial” más. Es, en la práctica, una forma de trasladar costes al consumidor sin asumir la responsabilidad de hacerlo de manera clara. Y eso tiene un nombre: falta de transparencia.
No es razonable que se normalice un modelo en el que el consumidor tenga que convertirse en un experto en etiquetas, precios por kilo y cambios de formato para no salir perjudicado. La carga no puede recaer siempre en quien compra. La información debe ser no solo veraz, sino también comprensible, visible y honesta.
Desde ADICAE es exigimos algo más que el cumplimiento mínimo de la ley. Es necesario reclamar reglas más estrictas, mayor claridad en los cambios de producto y, sobre todo, un compromiso real con la transparencia. Porque mientras estas prácticas sigan siendo rentables y socialmente toleradas, seguirán extendiéndose.


